Tres hijos (Isaac, Moisés y Pedro) dejaron su hogar, se independizaron y se dedicaron a sus asuntos. Cuando se juntaron nuevamente hablaron de los regalos que en una ocasión le hicieron a su madre.

El primero dijo: Yo me volví arquitecto y construí una casa enorme para nuestra madre.

El segundo dijo: Yo me volví empresario y le compré un Mercedes de lujo.

El tercero dijo: Yo me volví sacerdote y como sé que nuestra madre es muy católica le regalé un loro que sabe recitar la Biblia de memoria. Ya saben que ella no ve bien y era lo que necesitaba.

Evidentemente sus dos hermanos quedaron maravillados… hasta que recibieron una carta de la madre en la que les decía:

“Isaac, la casa que casa que me construiste es enorme, pero como ya estoy anciana me cuesta mucho limpiarla yo sola.

Moisés, olvidaste que no se conducir. Así que el Mercedes se está oxidando en la cochera.

Mi queridísimo Pedro, fuiste el único hijo que verdaderamente supo lo que le gustaría a tu madre. ¡El pollo estaba delicioso!“.

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