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Narnia y la Salvación: ¡Desde una magnífica obra de fantasía hasta la Cruz de Cristo!

Siempre he sido de los que piensa que Dios está en la Catedral, en mi Rosario del día a día, en la Eucaristía (más que en ningún otro lugar), en el amor al prójimo, pero que también está en lo sencillo del día a día. Una buena comida, una buena salida con amigos, obras de cine, literatura universal (lo que San Josemaría llamaba los “hobbies nobles”), y que en este mundo secularizado urge más que nunca llenarnos de lo bueno que nos ofrece el mundo para recristianizarlo. Dios está en todas las cosas (no me confundan con charlatanerías de la Nueva Era) y en todo lo podemos ver. Entonces, partiendo de esto, ¿Cómo no encontrar a Cristo en una de las obras más influyentes de la fantasía del siglo XX de nuestro gran amigo C. S. Lewis?

Bien, mi gente, hoy quiero que nos concentremos en una de las obras (en toda la saga existen elementos cristianos muy notables) que quizás lleva el título más conocido, siendo ésta la primera entrega cinematográfica (y segunda en la saga de libros) de  “Las Crónicas de Narnia: el León, la Bruja y el Ropero”, donde nos relatan la historia de cuatro hermanos (Peter, Susan, Edmund y Lucy Pevensie) durante la Segunda Guerra Mundial, que, para protegerlos de la guerra, son llevados a la casa el profesor Digory Kirke.Para no extenderme mucho e ir al objetivo de este artículo, daré un abre-bocas muy general de la película.

Los cuatro hermanos, dentro del tiempo libre que tenían en una casa tan gigante como una catedral gótica europea, buscan la forma de entretenerse para matar el aburrimiento. Entre jugarretas e ideas, deciden jugar a las escondidas, y es durante este juego que la pequeña Lucy, buscando dónde esconderse, encuentra un gran armario en una de las salas de la casa. El armario finalmente es más grande de lo que parece y transporta a Lucy a otro mundo, el que vendría a ser Narnia, que está opacado por el invierno a causa del dominio de la Bruja Blanca. 

(ALERTA SPOILER) Como todos los que vimos la película podemos recordar, Edmund, inocentemente, comenzó a servir a la Bruja Blanca, traicionando así a sus hermanos, a Narnia y a Aslan (el León), lo cual, según la ley de Narnia, lo hacía reo de muerte.Antes de que Edmund pueda replicar o decir algo, Aslan le intenta defender, pero la Bruja le echa en cara la Ley que él mismo creó. Aslan invita a la Bruja a hablar a un lugar privado. El resultado después de ésta conversa es que Edmund queda libre. Todos, muy alegres, celebran la libertad de Edmund.Ésa misma noche, Aslan se levanta de su campamento y se dirige a un lugar relativamente cercano, las niñas Susan y Lucy lo siguen de lejos, espiando qué iría a hacer. La imagen no puede ser más aterradora. 

Aslan se adentra en un lugar lleno de sufrimiento. Secuaces y servidores de la Bruja le rodean mientras él camina, y lo comienzan a maltratar, lacerar, abofetear, golpear, lo razuran por completo, hasta que él llega a un altar de piedra (la Mesa) donde allí la Bruja Blanca lo asesina. Así es. El precio de la libertad de Edmund fue el sacrificio de Aslan. Aslan entregó voluntariamente su vida para que Edmund viviera.Con lágrimas en los ojos y cuando ya no hay nadie allí, salvo el cuerpo inerte de Aslan, Susan y Lucy se recuestan encima de él y comienzan a llorar, se les pasa el tiempo y se quedan dormidas. Cuando se despiertan, lo que ven no puede ser más bello. El cuerpo de Aslan ya no está, lo que en principio les asusta, hasta que ven a una corta distancia a Aslan más bello, grande, terrible y esperanzador que nunca. ¡Aslan está vivo!

¿Qué fue lo que ocurrió? La Bruja no conocía toda la Magia Insondable, y es que, cuando una víctima voluntaria que no ha cometido traición alguna fuera ejecutada en lugar de un traidor, la Mesa se rompería y la muerte misma efectuaría un movimiento de retroceso. Aslan ha vuelto a la vida.

¿Lo hemos notado? Un justo entrega la vida por un injusto. Quien no debía pagar por la traición dio su vida por el que debió ser reo de muerte. Aslan salvó a Edmund entregando su vida.

Tú, yo y toda la humanidad somos ese Edmund. Por nuestros pecados y torpezas, hemos debido ser castigados, abofeteados y lacerados, pero un Justo se entregó por todos nosotros. Cristo, como ese Aslan, siendo el Justo de los justos, dio su vida voluntariamente y se atevió a recibir toda clase de humillaciones y maltratos para que fuéramos libres.

Pero, al final, había una ley que la Bruja no conocía, que se salía de lo que estaba estrictamente escrito. El demonio no conoce la ley del amor, porque al final, esa Cruz implicó resurrección. Se vence a la muerte, y Cristo, como Aslan, más vivo que nunca.

Y ahora, después de ésto, puedo decir: ¡Viva Cristo Rey! ¿y por qué no? ¡Viva Narnia! y ¡Viva Lewis!

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